I Tango. Salsa. Plasticina.

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Empujaba el carrito en cámara lenta mientras revisaba si los diferentes productos a la vista eran o no apropiados para la dieta especial sin gluten, sin caseína y sin soja que estaba siguiendo para el autismo recién diagnosticado de mi hijo de 3 años. Me detuve frente a los lácteos.  Un hombre de barba, delgado, bonachón pero avejentado, como si hubiera envejecido de golpe, como si le hubieran llegado todos los años juntos, leía con cierto esfuerzo la etiqueta de un yogur. Aproveché los segundos que demoró en bucear entre los círculos de la memoria para sonreírle y ganar tiempo. Finalmente, el nombre apareció.

–          ¿Ruben, verdad?

El hombre asintió y yo sabía que escuché en mi mente el inevitable diálogo que siguió, antes de que sucediera:

–          ¿Tu nombre era…?

–          Lenina .

Le sonreí con una mueca que dejaba entrever lo obvio. Iba a tener que darle más datos. El tipo me miraba con simpatía y cierta confusión.

–          Antúnez.

Como si fuera realmente importante, sentí un poco de rabia, un fastidio exagerado al tener que presentarme con tantas formalidades. Como si fuera  alguien que ya no era, agregué:

-Hubo unos tangos.

Se nota que la amenaza sutil funcionó y el pareció reconocerme de inmediato. “Unos tangos”, repitió, medio como preguntando.

Desde la góndola de congelados, aparece una mujer aun mayor que él, seguramente su madre o una tía. Como quien quiere evitar los detalles y como si estuviera hablando de alguien más, rápidamente hace las presentaciones. O más bien, hace una sola presentación.

“ Lenina Antúnez, la hija de Dalton Antúnez, de la agencia de publicidad. ¿Te acordás?”

La anciana miente y dice que claro que sí. Es decir, no era del todo mentira, era efectivamente la hija del fundador de una de las agencias publicitarias más grandes de un país que había una vez en este país. Pero no era por eso que conocía a Ruben, ni había visto jamás a aquella señora.

No era la primera vez que me enfrentaba al borroneo de alguna historia personal, de las versiones personales, del cuento de cómo le fue en la feria a cada cual. En este caso, como  en tantos otros, la historia había sido más o menos así. No hacía falta ser hija de un publicista para saber que “más o menos así” no era verdad, sino “más o menos” verdad.  Ni para saber que las partes más verdaderas de cualquier verdad eran las primeras en borronearse en esos “más o menos”.

En este caso, la Verdadera verdad era que en los 2 ó 3 meses en que salieron quizás hablamos de mi padre o su agencia un total de 10 minutos. La relación, si es que puede llamarse así, pasó más bien por otro lado.

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El volumen de la música estaba apenas por encima de lo tolerable. Era posible que ni siquiera estuviera más alto que lo tolerable, pero era Salsa, y en ese entonces tenía clarísimo que era una convención inviolable sostener la detestabilidad de la Salsa y todo lo que la acompañaba, plena, cumbia, tropicalias varias y demás Kosas con K.

Al frente del salón, un escenario bastante improvisado, sin mayor delimitación que la cantidad de parejas que bailaban frente a él, alojaba a los músicos. Al fondo, la barra donde el matrimonio de Francisco y Rosa atendían a los clientes de El Bodegón, con la ayuda de su hija. Le habían puesto Tania, o Ana  Clara, o algún otro nombre con connotaciones revolucionarias.

Francisco y Rosa María eran mexicanos. Francisco siempre había sido muy amable conmigo y yo pasaba buena parte del tiempo en El Bodegón. Llegaba apenas abrían, o inclusive mientras se preparaban para recibir al público y me quedaba un rato, para volver a casa de mi padre antes de que empezara el ruido y la noche en serio. Vivía apenas a una cuadra, de modo que en unos pocos minutos huía del humo, los dile que no y enchuflas para compartir con Dalton algún plato caliente de Pollo a la Portuguesa que el veterano había hecho preparar, algún concierto en video de Pink Floyd o Dire Straits que Dalton pausaba y despausaba siempre en las mismas partes para comentar “qué lo parió vieja, qué increíble, ¿viste esa parte?” y cosas por el estilo, alguna maratón de El Padrino con algún vaso de whisky y largas charlas sobre la historia de la publicidad y el backstage del “ambiente” en Uruguay, alguna cena con clientes o directivos de algún medio; cosas “de grandes” que solían terminar bastante tarde en la noche y por las que mi madre inevitablemente protestaba. Ella sostenía que no era seguro para una chica de mi edad.  Yo intuía que la idea que mi madre tenía sobre lo que era seguro y lo que no no se ajustaba demasiado a la realidad. Hasta ese momento era solamente una intuición de adolescente.

Una de esas tardenoches, Rosa María no estaba en El Bodegón. Tampoco Tania. Francisco siempre había sido muy amable, como si el hecho de ser vecinos nos uniera más que con el resto de los habitués del lugar, como si la amistad se midiera en cuadras. A veces me lo encontraba haciendo alguna compra en algún negocio del barrio, a veces él llegaba con las bolsas del supermercado mientras yo charlaba con Rosa María. En algún lugar tan borroneado como el resto de la memoria, guardo pedazos del recuerdo de una vez en que Francisco fue mucho más amable que de costumbre y de cómo quiso ser mucho más amable aun. Mientras él se acercaba, yo pensaba en Rosa María, y cómo me había enseñado a cocinar algún plato mexicano, como me había dejado ayudar con las quesadillas, como Tania (o Ana Clara o algún nombre con connotaciones revolucionarias) y yo teníamos más o menos la misma edad y sobre todo en cómo salir de allí sin tener mayores problemas.

Me levanté y me fui lo más rápidamente que pude, casi corriendo la cuadra que me separaba de su padre y de la cena, sintiendo una mezcla de culpabilidad y asombro, y una duda ya conocida. Ese no saber si de verdad pasó lo que pasó o si yo había exagerado,  en mi mente, si no había sido injusta con alguien que quizás solamente estaba siendo amable. El recuerdo de esos torpes labios gruesos apretándome los míos dejaba claro el asunto, pero allí la duda-culpa se reformulaba en si yo le habría dado algún motivo para que él supusiera que eso era lo que quería. Como si el hecho de que jamás se me hubiera cruzado por la mente besar a ese señor fuera menos importante que el hecho de que usaba minifalda. O como si yo hubiera elegido volver a aprender por las malas más lecciones sobre la desilusión, sobre sentirse usada, sobre el abandono. Porque cuando alguien que una chica ve como un amigo, un mayor, alguien con quien sentirse segura, decide manosearla, la abandona. Ella desaparece y en su lugar queda una mujer – no importa la edad –  sola, convencida de que todo da lo mismo. Crecimiento acelerado. Maduración express.

Seguí yendo a El Bodegón. Seguí saludando a todos como si nada hubiera pasado. Seguí pidiendo mi mojito y Francisco siguió sirviéndomelo. Como si nada hubiera pasado. Cualquiera de esas noches, con el vaso en la mano cambié de mesa y saludé a alguien que era amigo de alguien más. Al cabo de unos minutos,  mi mojito y yo competíamos con Manolo para poder entablar una conversación con Ruben. El cubano cantaba “Qué manera de quererte, qué manera” y yo conversaba sobre alguno de los grafittis y garabatos hechos por los mismos clientes que adornaban las paredes del local.

La noche hacía lo suyo y al cabo de un rato los dos estábamos fuera del bar, a los besos en una esquina. Como si fuéramos dos adolescentes. En realidad éramos una adolescente y un individuo de 32 años. Curiosamente él parecía tener menos preocupaciones que yo.  No recuerdo haberle dicho mi edad, pero ya sabía que en todo caso, funcionaría como incentivo y no como detractor. Había quienes decían que no aparentaba tener 16 años a simple vista, y que una vez que hablaba y opinaba sobre algún tema ya no quedaban dudas de que era mayor. Eso no era mérito mío, sino simple comparación con el resto de las muchachas de mi edad. En todo caso, un anti-mérito de ellas que me hacía parecer más madura de lo que era en realidad. En algún momento borroneado hubo un breve pasaje por casa de mi padre, una mentira sobre cómo iría con alguien a hacer algo y un ómnibus con un recorrido mucho más largo que cualquiera de aquellos a los que estaba acostumbrada, que de todos modos pareció llegar a destino un poco más rápido que lo que sucedía normalmente. Una caja de cigarrillos gigante, parte de una campaña de publicidad carretera marcaba el destino del viaje de esta primera cita. Bajamos del ómnibus y él me guió hasta la puerta de una antigua casa quinta, casi en ruinas, donde vivía y donde pasaríamos el resto del poco tiempo que le quedaba a la noche.

Era una primera cita y yo tenía bien claro que definitivamente era “de ésas”. Casi todas mis primeras citas terminaban del mismo modo. No había aprendido aún que para que no tuvieran ese desenlace era yo quien tenía que marcar los límites de la cita. No hacía falta seguramente hacer como algunas de mis amigas, calcular exactamente qué correspondía cuándo – beso al final de la primera, mano debajo del buzo en la segunda, caricias debajo del pantalón en la tercera – pero probablemente fuera bueno tener algún plan al respecto y seguirlo. En alguna parte de mis tontos 16 años yo creía que todo lo que oía era cierto y que cuando alguien decía cosas como que me iba a cuidar o que me quería eso era exactamente lo que quería decir.

Siempre me pareció muy curioso cómo esa ingenua política coexistía con la desconfianza más atroz y el cinismo más radical. Otra de esas contradicciones. Desconfiada e ingenua por partes iguales.

plasticina

Los primeros recuerdos en borronearse tienen que ser los menos importantes. Quizás por eso lo único que recordé del desenlace de esa noche fue que ahí tuve mi primer orgasmo. Supe de inmediato que tenían razón todos los hombres a quienes no había podido contestar sinceramente si lo había tenido o no, cuando me decían que cuando pasara, me iba a dar cuenta. Supe también que le había mentido a varios. Supe que era una mentira que no importaba, porque era una verdad que tampoco importaba. Sonreí, sin comentar la “novedad” con Ruben para no salirme del personaje de muchachemme fatale que venía construyendo desde hacía bastante. Actuar como si las cosas más insólitas fueran parte de mi menú diario era una de las características principales de este personaje en que venía convirtiéndome de a poco, supongo que en parte sin querer, pero no estoy segura. En alguna parte de mis tontos 16 años yo creía que eso impresionaría a los demás. Y esa mezcla de necesidad con obsesión era lo que me tenía en la cama de un tipo de 32 años, con tres hijos y un trabajo de segunda que vivía en una casa que se venía abajo y que era de su ex –mujer, donde también parecían vivir – o al menos frecuentar-  una drogadicta estudiante de joyería, un muchachito que tocaba la guitarra bastante mal y, por supuesto, los tres hijos de Ruben.

Aprendí a batir claras y hacer merengue para la merienda de los niños, a forrar cuadernos para la escuela y a sacar piojos. Además de la certeza de que no tenía ningún problema fisiológico que me impidiera alcanzar el clímax sexual (porque la verdad, ya estaba dudando) y todas esas lecciones sobre maternidad temprana me llevé muy poca cosa de esa casa quinta en ruinas.

A lo sumo, un par de canciones, una de las cuales jamás llegué a oír entera. Ruben me llamó por teléfono y me contó que desde que ya no iba a la Villa los niños me extrañaban mucho, y el también. Me pareció de lo más extraño porque su voz sonaba  como si estuviera sonriendo mientras decía eso, como si extrañar mucho a alguien con quien uno duerme no doliera nada, como si fuera algo que uno compartía con sus hijos cuando venían de visita de casa de su madre.

Me contó que me habían escrito un tango. No él, todos. Curiosamente eso no me pareció raro, porque ni me parecía ni me parece que el tango sea triste, o mejor dicho, que lo triste sea necesariamente feo.  Me lo cantó por teléfono, o  me leyó parte de la letra. Me dijo que cuando fuera otra vez me lo cantaban los cuatro y como nunca volví,  nunca supe exactamente qué tango me habían compuesto, pero sí sabía que jugaba con algunas palabras y con datos que había compartido con Ruben, o de los que le había contado detalles, o de cosas que estaban sucediendo en ese momento. En la charla de El Bodegón había surgido el tema de la trilogía El Señor de los Anillos – libro, no película todavía, era 1994– y en alguna de esas meriendas escolares yo había hablado del colegio donde había estudiado desde los 5 hasta los 15 años, el St. Catherine’s School de Montevideo, o habíamos escuchado juntos un cassette con la banda sonora de la película Tango Feroz. Con datos de ese tipo habían armado el tango familiar que decía cosas más o menos como estas:

De Elfos o de Mordor, más allá,

Más acá, Lenina, más acá…

Todo concluye al fin,

Nada puede escapar, Saint  Caterín”.

Esa no era la que más me gustaba.  A mí le gustaba una que decía

Combina, sumemos,

Una gata en un carlucho,

cuando hablo no te escucho,

vos re triste y yo retrucho,

con un pancho, un cucurucho.

Imagina, bailemos,

Con los Beatles, con Sabina,

Marihuana, cocaína,

No tabaco por la angina,

Hasta el shopping te lastima.

Si planifico con el Harapo para salir a correr yuppitas

Medio vestidos o disfrazados, saco, camisa, corbata y guita

Un movicom por toda herramienta, bien aferrado, como un rencor

Un portafolio y beldent de menta, silbando clásicos y rock n’roll

Empiezo a ver en todas las esquinas,

Contradicciones, mambo con tango

En todas partes florecen ruinas

En Solymar Valizas o Salinas

Tacuarembó y Propios, Propios y Minas

Tu regalito se me termina.

Esta caricia va, tierna, dulce

Esta Lenina así, me seduce,

Apurate a la movida

Que la vida vuelve a ser la vida

Que la vida sigue siendo la vida”

El hecho de que había sido escrita para otra Lenina nunca pareció importarme demasiado. Estaba convencida de que la otra Lenina no la habría memorizado como yo, ni había entendido todos los detalles que mencionaba y que definitivamente no la escucharía en su cabeza 18 años después, frente a la góndola de los lácteos, cuando vuelve a sentir ese frío conocido que se siente cuando uno se topa con lo olvidable que se es.

Por un segundo pensé que quizás alguna otra Lenina recordaría el tango que había sido para mí pero que nunca había escuchado  y eso le daría un mínimo sentido de continuidad a la cosa. Como si la vida fuera el juego del globo, en que uno empuja el globo y el otro tiene que tocarlo antes que toque el suelo,  y todos vamos tocando todos los globos que tenemos al alcance para que todos los juegos de todos no se terminen nunca. De modo que uno, sin ser demasiado consciente de ello, influye en la vidaglobo de los demás, solo porque lo tocó para que no cayera y lo envió en otro viajeglobo por ahí. Si alguien lo deja caer, porque no lo mira, porque lo olvida, porque lo rompe, el globo cae y todos pierden, por culpa de ese.

Pero esto no era un juego imaginario de globos; mi “olvidabilidad”  no era culpa de Ruben ni de ninguno de los otros idiotas que llenaron éter, pentagramas, cuadernos y servilletas con declaraciones para luego entrecerrar  los ojos como diciendo “estoy pensando quién eras, pero no hay caso, no me acuerdo.” Era simplemente manifestación de otro juego, mucho más real, uno que había convertido en una manía personal. Con plasticina.

El procedimiento era sencillo: Yo era la plasticina, los demás venían con rueditas, palitos y moneditas a hundirlas en mí y dejarme a mí, la plasticina,  toda llena de huellitas, limpiando los restos de mí que quedaban en las ruedas y palitos con el primer trapo o vuelta de la vida que les apareciera delante. La única manera de borrar las huellas de la plasticina, sin embargo, era aplastarla entera, formar un bollo y volverse a armar. Para sobrevivir hay que ir desarmando todo y volviendo a empezar. El problema es que al hacer el nuevo bollo se mezclan los colores y todo se desdibuja y queda borroneado y gastado. El problema es que al no verse las huellas parecería que se está empezando de cero. Pero no.

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