II. La mitad perdida de nosotros mismos

“Es cierto que el mundo está colmado de muchos peligros,

y que hay en él muchos sitios lóbregos,

pero hay también muchas cosas hermosas,

y aunque en todas partes el amor

está unido hoy a la aflicción,

no por eso es menos poderoso”

JRR Tolkien

Imagen

Una solera de colores y 14 años. No hacía falta nada más. Con una solera de colores y 14 años todo tiene remedio y nada es imposible. En la Plaza Cagancha la Libertad estaba encerrada entre dos paréntesis llenos de trapos, inciensos y broches de pasta. A cada lado de la Plaza una fila de puestos de artesanos aparecía como una media luna de colores. En uno vendían mates, en otro se graba su nombre en una pulsera, en otro hay camisetas de batik, casi todos tienen collares y bien en el medio, del lado del sol, había un tipo que se llamaba Daniel que vendía otras cosas pero que lo que tenía era una sonrisa que era más bien un cartel de “PARE” si los carteles de pare no fueran tanto una orden sino un hecho, como si por mirarlos, te obligaran a parar. Y paré ahí, cada vez que las clases de inglés me hacían recorrer 18 de Julio desde la Intendencia hasta la Plaza Independencia.

Creo que pregunté por un collar que no me interesaba en lo más mínimo, creo que pregunté con un poco de ingenio, o capaz solo pregunté con una solera de colores y 14 años. Creo que me contestó con una broma. Y entonces tres veces por semana, mientras salía de clase ensayaba bromas o imaginaba cuál sería mi próxima frase ocurrente y festejable para ganarme más sonrisas y más Daniel.

Él hablaba de la vida en un kibutz, yo de la vida en Carrasco, los dos hablábamos de música y de cómo algunas canciones dicen cosas tan bien que la gente tendría que hablar en letras de canciones y dejarse de joder. También hacíamos chistes sobre las mujeres “plásticas”. Yo pensaba que esas mujeres eran así porque elegían, porque a los 14 y con una solera de colores te parece que todo lo que pasa lo elegís vos.

Luego de un par de semanas, la invitación. Una salida fuera de las medialunas de la Plaza, fuera del micromundo de los paréntesis vigilados por La Libertad, allá arriba. Fuera del escenario familiar y cómodo, pero demasiado pequeño. Casi enseguida, la pregunta inevitable: ¿Pero cuántos años tenés bien?

La respuesta tenía que anular inmediatamente soles, chistes, collares y salidas. Cara de “¿y eso qué importa” mientras digo con toda la autoridad que puedo encontrar en ese cuerpito: “Catorce”. Y después ese Catorce resonó como tres o cuatro veces, como pregunta. Daniel seguía repitiendo “¿14?” “En serio, ¿14?” y yo contestaba con cara de “¿Y qué querés que haga?” que sí, que tenía 14 nomás.

Hasta la estatua entre paréntesis notó que algo había pasado, pero no hubo ningún cambio de planes. En ese momento yo creía que cuando la gente cambiaba de opinión, lo decía en el momento y que si no decía que ya no quería verme porque tenía 14 años entonces era porque de verdad no le importaba que tuviera 14 ó 5.000 años, porque al fin y al cabo, una qué sabe de verdad cuántos años tiene. Es cierto que ahora era Un Tema. Había Un Tema con el tema de mi edad. Pero no había tema que no pudiera resolver a los 14 años y una solera de colores así que no me importó.

En la casa de mi madre pensaba en qué ponerme, como cualquier nena de 14 años, y calculaba cómo iba a hacer para que se notara más la parte de mí que no tenía 14 años que la nena. Ya sabía que en la conversación esos 14 desaparecían si elegía adecuadamente de qué iba a hablar, a quién iba a citar, qué gestos iba a hacer.

Mi madre golpea la puerta del cuarto y dice algo sobre a qué hora volvía o a dónde iba. Ella sabía que yo iba a salir con alguien. Sabía que ese alguien era Daniel. Sabía que Daniel no tenía 14 años hace más de 14 años. Asombrosamente no estaba enojada ni nerviosa, ni repitiendo incansablemetne que me iba a pasar “algo”, que tuviera cuidado porque hay gente que pone drogas en los vasos de las chicas en los bares así después ellas se enganchan, porque mi madre la letra de “El primero te lo regalan, el segundo te lo venden” no la sabía, pero esa era su lectura. Como esta vez no me lo dijo, no le tuve que recordar por enésima vez que el negocio de que te regalen el primero es que sepas que te lo están regalando, porque si no, no vas a querer comprar algo que no sabés que consumiste y que esta gente no regala lo que tiene porque le guste compartir sino porque esto es por plata. Que era como si las promotoras en el supermercado te pusieran adentro del carro galletitas con queso de untar sin que vos supieras cuáles eran. Esta vez pude pensar en si lápiz de labio o no lápiz de labio, como las nenas de 14 años porque mi madre estaba tranquila al respecto.

-Hablé con él por teléfono. Me pareció un buen muchacho.

Me reí por dentro pensando qué podría haberle dicho un artesano de 33 años que fumaba porro, tomaba merca y viajaba cada tanto por el mundo a la madre de una nena de 14 años con la que iba a salir esa noche, pero fuera lo que fuera, había funcionado. Mentira, me reí por fuera también. Me reí con el pelo y con los ojos y me reí con la solera de colores que dejé sobre la cama. Me reía porque no había ningún tipo de problema con nada. Yo había encontrado una persona a quien le interesaba, que me hacía reír, que me miraba como alguien mira a alguien que quiere (sin entrar en mayores análisis de qué es querer – 14 años). Y bueno, los dos teníamos edades, como las tiene todo el mundo. Pueden seguir circulando, no hay nada que ver.

Me llevó a un bar en Punta Gorda. No existe más. El pidió una cerveza y a mí me pidió una Coca. Como a una nena. Empieza la función.

– Sos muy chiquita. Yo no te convengo.

Y yo empiezo a tratar de hacerle entender que eso no era lo importante. A mí no me convenía nadie, grande, chico, daba lo mismo. Yo lo quería a él, vaya uno a saber por qué y no tenía tanto respeto por las fechas como para perder la oportunidad.

-¿Vos sabés qué me conviene a mí?

-No, pero tenés 14 años.

-¿Me compraste una coca para explicarme mi edad? Yo ya sabía mi edad. La calculo fácil porque en la cédula dice cuándo nací.

-Vos entendés lo que quiere decir que tenés 14 años.

-Sí, y vos entendés que pasás bien conmigo. Te estás riendo sin parar hace media hora. Me mirás como si te gustara. ¿A quién le importa si tengo 14 años?

-Pero oíme – se reía – vos sos virgen.

Por supuesto que yo ya sabía que era muy importante el día en que un tipo fuera el primer tipo que te hace Eso que antes pensaba que era bueno y ahora sé que no lo es, ríos de tinta sobre la virginidad, sobre cómo había que perderla, sobre la persona adecuada y sobre el efecto que ese polvito corto, doloroso y berreta que casi siempre es el primero era tan importante y nos cambiaba tanto la vida.

-Sí, precisamente. Yo preferiría que ese asunto lo resolvieras vos, pero si lo que te preocupa tanto es esa transitoria condición mía, yo puedo ocuparme de eso fácilmente. Estoy segura que debe haber algún imbécil que no tenga objeción en ser el primer tipo en acostarse conmigo. ¿Querés que venga y te avise cuando haya resuelto el problema?

Di el argumento por ganado, pero no había ganado nada porque esto no tenía nada que ver con la argumentación o la lógica. Y yo pensaba que si uno explicaba lógicamente algo, era un hecho que la otra persona lo iba a entender. Eso de que la un razonamiento impecable no valía nada era una novedad para mí. Tiene razón pero marche preso.

Pidió la cuenta, dijo algo sobre haberle prometido a mi madre devolverme a casa temprano, y caminamos.

En la esquina, sin que me lo esperara y habiéndomelo esperado desde el minuto que me senté en el bar, me da un beso. El mejor de los besos. El beso de todos los besos. El beso de las películas. Y aun ese, el mejor beso, el de los violines mientras funde a negro era un beso amarguísimo, que decía “esto no va a pasar, y es una pena” por todos lados.

Y otra vez la ambigüedad esa; un tipo tan bueno para mí y que me quería tanto que Eso no iba a pasar porque yo era muy chica. Yo ya había conocido esos amores que se notan por el no. Bah, amores. Yo que sé.

Había conocido a un tarado que por respeto a mis jóvenes 12 no me penetraba. Pero me hacía otras cosas. Ese no pasaba de 16. 

Había conocido a otro, pichón de latifundista que me regaló una rosa para mi cumpleaños pero se la hizo llevar a alguien más porque andar con flores por ahí era de puto y que me llamaba cariñosamente con un tiernísimo y carrasquense “vení, putita”. Ese tenía 15.

Entonces este otro, que les doblaba la edad y todavía le sobraban un par de años, que me hablaba de drogas y de música, y de política y de que era la persona más linda e inteligente que conocía y que explicó que el problema que yo tenía y que iba a tener toda la vida era que siempre, por una cosa o por otra, iba a ser Tiria para los Troyanos y Troyana para los Tirios, porque era muy grande para los chicos de mi edad pero muy chica para él, solo por ese decir que no y hacer que no, ya era mejor que los otros. Solo por ese no.

Claro que cuando me dijo eso yo pensé que a pesar de ser un tipo grande, era medio tarado y que solamente no encajaba con la gente de mi edad porque la gente de mi edad hablaba muchas idioteces. Pero luego resultó que siempre tuvo razón. Demasiado chica, demasiado madura, demasiado rebelde, demasiado nena bien, demasiado racional, demasiado loca, demasiado pasional, demasiado fría. Demasiado perdida entre todas las multitudes de gente que decía siempre cosas distintas pero hacía siempre lo mismo. Demasiado sola y demasiado llena de ganas de que alguien me quisiera lo suficiente como para no verme como demasiado nada, de que alguien dijera “epa, no hay nada de malo en vos, la verdad que yo te quiero” y que quisiera decir exactamente eso.

Pero ahora había algo de malo en mí, mi cédula y mi virginidad. Así que no me dijo nada de eso y me fui a casa, a sacarme la ropa y tirarla al lado de la solera de colores.

A los pocos días volví a la Plaza y Daniel ya no estaba. Y a los pocos días de eso volví a volver y tampoco. No le quise preguntar a los amigos, ni a la Libertad entre paréntesis. Brasil, la Paloma, Israel, daba lo mismo. Una vez me escribió una tarjeta que decía:

Macabro como el vientre de los misiles…

así estoy yo sin ti.

Y entonces tuve que empezar a escuchar canciones de Sabina. Y durante un buen rato en el que traté desesperadamente de estar desesperadamente enamorada todas las veces que fuera posible hasta Esa Vez en la que encontrara la mierda esa de la que hablaba Kundera, del amor que era la mitad perdida de nosotros mismos, varias veces pasé por la plaza pensando en lo cretino que era Sabina y en lo cierto que era que no había nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió y en si quizás, por alguna casualidad loca de esas que pasaban todo el tiempo, en algún lado estaría escondido Daniel, mirando a ver si mi solera y yo ya habíamos cumplido la mayoría de edad y si ya no éramos vírgenes para aparecer y darme otro beso que no terminara nunca. Luego empecé a buscar besos en otros lados.

Y no volví más.

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5 thoughts on “II. La mitad perdida de nosotros mismos

    1. Muchas gracias, Sabrina. Supongo que en algún lado todas tenemos esos 15 años por ahí.

      Aviso que ejercí mi derecho a no publicar imbéciles porque ya tienen el resto de la internet, así que al par de machirulos que nos manda a que nos violen, y que nos llama atorrantas, gracias, pero no gracias, tontuelos.

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