La Sororidad y la Hoguera

Hace unos días me puse a pensar en qué era bien esto de la sororidad. Ríos de tinta, ya sé. Un montón de Feministas Profesionales y Respetables deben haber escrito mucho sobre eso, y seguramente todas o casi todas las leímos, pero a mí me seguía pareciendo oscuro, indefinido, fluctuante. Pensé esto:

Opino que nosotras tenemos que empezar a entender que no tenemos que ser amigas y siempre sonreírnos y estar de acuerdo. Esa es una mentira que nos ha sido impuesta tanto como el imposible santa/puta o el príncipe azul. No somos un fracaso si no nos invitamos a pijama parties y nos pintamos las uñas de violeta y cantamos karaoke. No somos las caricaturas macabras y deformes de nosotras que aparecen en la tele diciéndonos que así somos y así debemos ser, no nos llevamos una canasta de emparedados cuando alguien se muda a nuestra cuadra, no somos porristas. Somos mujeres muy diferentes y estamos, porque desde que nacimos somos puestas en un encierro, encerradas. No sé si todas el mismo encierro, pero todas encerradas. Estamos intentando desencerrarnos, abrir un poco, porque acá no se puede respirar y no se puede vivir. Hace tanto que estamos intentando desencerrarnos y es tan difícil, que a veces nos parece que estamos encerradas desde siempre. En mi opinión es importante que recordemos que no es desde siempre, porque corremos el riesgo de comer dios con eso de que si algo es desde siempre por algo es que es, entonces capaz salimos por desvíos complicados como que el sistema que oprime a una clase o grupo o categoría o lo que sea que seamos que a veces ni eso sabemos porque nos están enloqueciendo desde hace tanto que parece que fuera desde siempre, es “natural” o un destino o el plan perfecto de una entidad superior o maldades por el estilo. así que no es desde siempre, pero es desde hace bastante, lo suficiente como para que nos hayamos dado cuenta o nos estemos dando cuenta que no es un buen plan, es decir, que nos es imprescindible o al menos nos vendría bastante bien que pudierámos hacerlo un poco mierda, y al menos hacer todo lo posible para no colaborar, es decir, desafiliarnos todo lo que podamos.

Entre las cosas en las que quizás sería bueno que nos esforzáramos en no colaborar con nuestro verdugo, 9 de cada 10 feministas respetables incluirían la sororidad o algún concepto similar. Y parece muy obvio y bastante inteligente. Pero el problema sigue estando en cómo transitamos la línea que parece ser muy delgada entre ser sororas y ser nenitas lindas que no se animan y la línea igualmente delgada entre ser seguras de nosotras mismas y zafar de la caricatura y reproducir las violencias que condenamos y que nos unen. Porque, de nuevo, sin perjuicio de que podamos construir relaciones de afinidad, relaciones amorosas, relaciones de lo que sea entre nosotras, lo que tenemos en común no es una cosa alegre. Es una condición de opresión, nos une una violencia. Qué podemos llegar a hacer con eso, qué han hecho otras con eso, son dos pesos aparte. Pero venimos así. No es una cosa fácil oponerse a algo que está en todas partes y tiene casi todo.

En esa situación desventajosa, me parece que sin dejarse escupir en la boca si a una no le gusta que le escupan en la boca, tendríamos que intentar concentrarnos en que nos une la pertenencia a un grupo oprimido y que sería más seguro no dejar de identificar como enemigo al grupo opresor. No estoy diciendo que el colaboracionismo no sea de las cosas más despreciables que se pueda ser, estoy diciendo que mientras alguien te tiene desde hace 6 mil años con la cara aplastada entre una baldosa helada de un lado y la tierra pegoteada en la goma de su bota del otro, quizás no sería una buena idea que dedicáramos nuestras últimas, o al menos nuestras poquitas fuerzas a pegar grititos porque una que parece que cree, o que está, nomás, un poco más cómoda que nosotras, no nos convidó de su merienda en el recreo. No digo confiar en gente en la que no podés confiar porque te estarías regalando y sería muy tonto porque entonces qué hacés, digo concentrarse menos en ellas. Me parece que capaz nos ofende o nos parece que tendrían que ser menos desgraciadas y nos ponemos borde. No es lindo el colaboracionismo, no. Da bronca. Obvio. Pero la colaboracionista colabora con OTRA gente, con OTRA cosa y el problema raíz es ese. Íbamos a la raíz nosotras. Dijimos.

Hay que mezclarse menos, curarse un poco de que tenemos que ser todas mejores amigas e ir juntitas al baño dando saltitos como idiotas, asumir que somos gente y que ni nos vamos a querer todas, ni tendríamos por qué, porque no somos una raza especial que destila cariño, ternura especial y aura de maternidades arrullos y sana sana. tenemos derecho a caernos mal también, no se cae el mundo y no le debemos sonrisitas y ademanes de cortesías a nadie, ni a los tipos, por supuesto, eso por encima de todo, porque es parte constitutiva del encierro seismilañero, ni a las mujeres. Y menos a las colaboracionistas. Mimitos no, pero tampoco hoguera.

 

Capaz ardemos o somos hechas arder. Pero nosotras no quemamos mujeres. La sororidad de mínima es eso. Nosotras prender antorchas, no. Todo lo demás, lo vamos viendo. Me parece.

 

Pocos días después, aparecieron -con dos o tres días de diferencia- tres campañas de denuncia de abuso a tres mujeres, lesbianas, feministas radicales y abolicionistas con quienes comparto espacios virtuales hace unos años.Mujeres que “conozco”, en la medida en que se puede conocer a alguien acá en la Trincherita Posmo de la Interné. Y, como el tornado que destruyó una ciudad en 5 minutos, en un instante pasó y se llevó todo. O casi todo. Y hoy, pensando mucho en todo esto, pensando mucho en lo que dejó el tornado y en lo que se llevó, me topo con eso de la sororidad que había escrito hace unos días.

 

Aturdida, leyendo comentarios y mensajes pero oyendo un zumbido. Mareada y en shock, solo puedo decir esto, y si me toca fuego, al menos ya lo conozco, metafórico y literal.

 

Pienso lo frágil de los acuerdos y afectos y confianzas en esta era pos-todo porque yo creo que todo lo que ha pasado en los últimos días contrastado con este texto no tiene nada que ver ¿,no?

 

Pienso y me pregunto cómo en el fondo -y en el frente y en todos lados – estamos esperando una excusa para prendernos fuego. Nos sirve cualquiera. Nos creemos intocables, perfectas, intachables. Nos declaramos aliadas, amigas, compañeras, hay quien dice hermanas y todo HASTA que algo no nos guste y olvidate del beneficio de la duda, olvidate de la piedad que nos debemos porque sabemos lo rotas que estamos, olvidate de lo que nos une. De golpe lo único que importa es que hubo un disenso, una falla, una “impura” y a purgar.

 

Y ni siquiera se aplica a las acciones exclusivamente. Condenamos por duda, por velocidad de reacción, por silencio. Capaz alguien no dijo lo que nosotras esperamos que dijera (no le decimos nada, no hablamos, tiramos todo porque lo único que importa es marcar nuestra moral superior, pensamos YO NUNCA HUBIERA HECHO lo que hizo Fulana (o lo que dicen que hizo fulana, me sirve igual porque a alguien tengo que quemar y mejor Fulana que yo) ) y así nomás, sin dudar un segundo, la ponemos del otro lado de un alambrado que no existe.

 

Debe ser que yo aprendí hace rato que hasta la más Heidi de la montaña puede ser una basura y que hasta la más Reina de la Belleza y la Perfección tiene -o puede tener – muertos en los placares. Porque somos gente. Cuando digo que no somos unas putas y que no somos unas santas, yo al menos, lo digo en serio. con todo lo que eso implica.

 

Con todo lo que eso implica.

 

Con lo implacable y con lo ingenuo, porque yo sé que suena ingenuo. Mujeres que nunca nos vimos la cara. Que vivimos en países diferentes. Que capaz vivimos en el mismo país pero nuestras vidas son tan diferentes que daría lo mismo si estuviéramos en planetas diferentes. ¿Cuántas veces una feminista profesional me ha llamado y me ha tenido colgada una hora al teléfono contándome sus problemas livianitos y simplísimos mientras yo pienso cómo pago las cuentas, cómo paro de llorar, si vale la pena vivir o no? ¿Cuántas veces he pensado que somos de galaxias diferentes? ¿Qué carajo podremos tener en común todas, tan diferentes?

 

¿Es ingenuo suponer que nos conocemos, que nos respetamos, que -ponele-nos queremos? Y un poco sí. Desgraciadamente sí. Pero hacemos esa “suspensión del descreimiento” como cuando vamos al cine y sabemos que la persona es un actor pero “hacemos de cuenta” que creemos que es un asesino. Vos dirás “bueno, pero todo tiene un límite” y yo diré “claro, pero cuál es?”

 

¿Cuál es el límite de mi respeto por cualquiera de las mujeres de acá? ¿Cuál debería ser mi límite? ¿Estoy siendo muy “buena” de más con unas y muy mala con otras (en este caso con las mujeres que aliadas a machos y trans y mujeres misóginas colaboracionistas promotoras del proxenetismo -no se puede ser ingenuas en esto, está pasando ahora- ponen fotos con nombre y en el caso de una de ellas fotos desnuda y comparten entre la gente que TODOS los días se dedica a insultarnos, descalificarnos y a las que están en el mismo lugar, agredirnos físicamente y amenazarnos en patota, en turba violenta de muerte) ?

 

¿Ante qué rumor o percepción o “me dijo algo que no me gusto” corresponde que la pase a la lista de “las malvadas”, las quemables (las mierda, digamos)? ¿Qué le debo a cualquiera de ustedes si mañana me llega un mensaje de que comieron bebés en una ceremonia satánica? ¿Nada? ¿Lealtad ciega? ¿Al revés, juicio sumario? ¿Una pregunta? ¿Algo?

¿Depende de qué? Vale más la nacionalidad? No sé. Vale más la cantidad de mensajes privados que compartí? No sé. Vale más “la vida real” (Es decir, le debo más confianza a la mujer que vi en persona alguna vez?) No sé. Vale más que me gusta cómo escribe? No sé.

 

Vale más el tema? Si es una denuncia de abuso sea contra quien sea, ¿tengo que prender la mecha? Porque a las víctimas se les cree porque eso es lo que dicen los machos cuando los acusamos, que hay denuncias falsas. Y nosotras decimos que no, que habrá alguna pero que en general cuando una mujer denuncia, es cierto.

Eso lo tenemos enmarcado en las denuncias de mujeres a varones. Y como también decimos a CADA RATO, todas, no, no es LO MISMO mujeres que varones. No es lo mismo denunciar a un tipo en cuya pija colgante descansan amenazantes seis mil años de poder que a una torta anarcovegana y abolicionista que mochilea sin un mango por América Latina. No es lo mismo el abuso implícito, enraizado, estructural entre un macho y una hembra humana que el episodio de violencia entre pares, por eso decimos que está mal hablar de “vínculo tóxico” en casos de la mal llamada “violencia doméstica”, porque no son “los dos”, porque hay una parte de “los dos” que es la bota y otra parte que es la cara aplastada por la bota contra el piso. No es “un tema de los dos” una relación violenta. Hay un responsable y es el agresor, el privilegiado, el macho violento. Pero no es igual el tipo que me quiso ahorcar a los 15 con la nena que me tiró arena en los ojos en el patio del recreo cuando estaba en el kinder. (quien quiera leer acá una apología de la violencia o una relativización de la misma no va a cambiar de opinión por que yo lo ruegue así que nada puedo hacer). ¿Cómo medimos y cómo juzgamos la violencia entre mujeres? Igual? “Igual, venga de donde venga”? Porque eso también nos dicen y eso también negamos. ¿Dónde está el criterio? ¿Quién lo fija?


Decimos que cuando una mujer denuncia, es cierto. Pero a veces no es. ¿Y ahí qué hacemos? Yo sé lo que es que te hagan una campaña (en mi caso virtual) de denuncia falsa. No me lo contó nadie. Un chica de California que hospedé en mi casa -sisterhood is powerful- dijo que yo abusaba psicológicamente de mi hija. Pasé meses durmiendo mal y comiendo peor y aterrada. ¿Cómo probás que una acusación es falsa SI ES FALSA?

Quien tenga una respuesta rápida y fácil para cualquiera de estas preguntas probablemente vaya a vivir esta desesperación cuando le toque porque si es así, nadie está exenta o viva demasiado cómoda en una ilusión de intachabilidad que la mayoría de nosotras acá en el barro desconocemos..

Hay que prenderlas fuego. Hay que avivar la hoguera. ¿Y si no la prendo, porque no quiero, porque no estoy segura, por que no me animo, por lo que sea, debe ser prendida conmigo también?

 

Y bueno. Que sea. Una sororidad de hoguera tampoco era un lugar muy hóspito.

 

Y ya que voy a arder por transitiva, aprovecho para agregar que así como no dejamos y con razón que los tipos opinen sobre las mujeres “malas”, sobre las que tiramos un bebé en un contenedor, sobre las que le partimos un ladrillo en la cabeza al tipo que nos cagó la vida, sobre las mujeres “que son peor que los varones”, también nos gusta pensar que somos todas iguales. Y no lo somos. No lo podemos decir mucho porque nos cachetean con la interseccionalidad y a los cinco minutos resulta que no existe el patriarcado porque todas nos cruzamos en opresoras y oprimidas. Pero no lo somos. Y el silencio y la invisibilización de las lesbianas, como pasó con las mujeres negras víctimas de abusos por sus machos y que se tragaron solas para no “desprestigiar” a la población afro, tiene este precio. Este precio es que no sabemos cómo manejar la violencia entre mujeres porque nunca dejamos que las mujeres que se relacionan con mujeres lo pudiéramos hablar, entre nosotras primero, sí, claro, como el derecho que tiene cualquier grupo oprimido a tratar sus asuntos en espacios seguros, y para afuera también. Porque nos fuimos barridas abajo de las alfombras. Hasta que sale algo así y entonces vamos a lo conocido que es la hoguera sumaria. (Esta reflexión parece fuera de tema pero no lo es, porque aunque en este caso hasta donde yo sé no se aplica, es cierto que tenemos muchas mujeres víctimas de abuso por parte de mujeres y que no hemos hecho nada con ellas más que revictimizarlas y esconderlas, es decir, más que seguirles dando palo).

 

Hay gente de ambos sexos que no tiene mucho corazón. Eso lo sé. Y hay gente que capaz se pasa de sensible. También lo sé. En el medio cada una está donde pueda. Y yo tengo (y tendré) mis pecados (a falta de una palabra mejor) y no lo digo livianamente PARA NADA -lo digo con la gravedad atroz que tiene- pero entre esta neblina y este fuego cruzado y locura como la escena del principio de Rescatando al Soldado Ryan -mírenla de nuevo porque estamos ahí-, en este sálvese quien pueda, yo prefiero errar por el lado de la piedad y por apegarme a la única regla que puedo imponerme en esto, sabiendo lo que sé (no sabiendo lo que no sé) que es yo no quemo mujeres.

 

Prefiero el silencio, prefiero la soledad, prefiero la injusta acusación de encubridora. Capaz porque puedo vivir con eso, fijate que desde que me conozco “soy” una puta una loca una yegua una conchuda. Puedo vivir con más odio (de mujeres) encima, lamentablemente. Porque en definitiva, es cosa de ellos (de ellas, acá creo que igual va el masculino “genérico”).

No puedo controlar el desprecio ajeno. Y no puedo (siempre intento y ya sé que no puedo) convencer ni probar ni nada porque cuando alguien decide que vas a la hoguera, no quiere pensar en otra cosa, quiere verte arder, (porque así somos, también).

 

Con el peso de ser yo la que las quema, no puedo.

No quiero. No me lo permite lo que yo digo que soy y lo que quiero ser. Y si no podemos controlar nada, al menos deberíamos poder controlar eso:nuestros “intolerables”.

 

Mi intolerable es pedir la cabeza de dos compañeras, una que jura ser inocente -repito: una COMPAÑERA (no un señor de la tele) que jura ser  INOCENTE de una acusación que -imaginate si te la hacen a vos- te hiela la sangre y una COMPAÑERA que admite y admitió en su momento que actuó mal, en una relación en que las dos mujeres jóvenes actuaron mal, LAS DOS (y no, no es como salen con que la VD es un vínculo tóxico de las dos partes porque ahi hablan de una parte que domina el mundo – el macho- y una parte que es un felpudo -la mujer- Acá son dos chicas, misma situación, misma edad, mismo todo, que se trataron horrible).

 

Mi intolerable es la hoguera.

Prefiero el silencio. Prefiero la soledad. Prefiero el exilio.

Con lo que tengo, con lo que puedo, es lo que “elijo”.

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